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El tejo y los siete. Los comienzos.

El curioso caso del tejo y los siete.

En la cima de un gran monte aislado, coronado por un viejo tejo una y mil veces modelado y podado por los elementos, hallábanse reunidos siete curiosos personajes. Cinco hombres y dos mujeres.

Al pie del gran monte, un par de pequeños tejos parecían formar una extraña puerta, entre la inmensidad indiferencia del paisaje. Y era allí donde se habían citado y encontrado los siete, el día del equinoccio de otoño de sus setenta cumpleaños.

Reunidos todos, uno tras otro fueron hablando:

La mujer que vestía una amplia túnica azul celeste dijo: “He vivido y he sido madre, hasta perder el sentimiento de nutrir y proteger.”

El hombre que vestía un elegante uniforme azul ultramar dijo: “He vivido y he sido soldado, hasta perder el sentimiento que combate las injusticias del mundo.”

El hombre que vestía un ceñido traje bermellón alzó una mirada penetrante, pero no dijo nada. Había vivido y había sido mercader, hasta que repentinamente perdió el deseo de comunicarse.

El hombre que vestía una larga túnica amarillo cadmio dijo: “He vivido y he sido maestro, hasta perder la fe en la vida.”

La mujer que vestía un holgado vestido de seda amarilla dijo: “He vivido y he sido bailarina, hasta perder el amor de la danza.”

El hombre que vestía una toga granate dijo: “He vivido y he sido juez, hasta que he perdido el deseo de discernir entre el bien y el mal.”

Y finalmente el hombre que vestía una túnica verde, con un curioso cinturón a juego dijo: “He nacido y he vivido siendo rey, hasta que perdí el reconocimiento de mis súbditos y el mio propio. Ya ni siquiera recuerdo cuál era mi reino.”

En la base del joven tejo de la izquierda, encontraron un pequeño octaedro de un curioso material, en cuyas caras se hallaban tallados siete curiosos signos. El hombre que vestía una larga túnica amarillo cadmio, tras examinarlo, dijo: “Se trata de siete símbolos astronómicos, representan al Sol y los seis planetas más cercanos. Y una de las caras permanece en blanco.”

En la base del joven tejo de la derecha, encontraron otro pequeño octaedro, del mismo tamaño y material que el anterior, en cuyas caras estaban grabados los números del uno al ocho. Y estos si que todos pudieron reconocerlos.

El rey perdido y no encontrado, tomó el octaedro de la izquierda en su mano izquierda y el de la derecha en su mano derecha. Juntando ambas manos los lanzó sobre el suelo, justamente entre ambos arbolillos.

Cuando ¡ooooh, maravilla! algunas pequeñas piedras a lo largo de la colina, semejantes al cuarzo, lanzaron pequeños destellos estimulando el crecimiento de la hierba cercana. Semidibujando un camino que serpenteaba por la ladera del cerro, ascendiendo entre vueltas y revueltas.

Uno tras otro fueron arrojando los octaedros al suelo. El mismo fenómeno se repitió, hasta que comprendieron, por intuición, que cada uno de los símbolos hacía referencia a uno de ellos. ¿Y el número?  ¡claro!, ¡el número indicaba el número de pasos a dar!

Se pusieron todos en marcha, ascendiendo torpemente entre vueltas y revueltas. Ahora parecían avanzar, al instante siguiente parecían retroceder y vuelta a empezar.

Aquel que encontraba una inscripción en el suelo, se detenía un tiempo a reflexionar sobre su significado. Mientras, los otros seguían avanzando.

En una ocasión una pareja de mirlos les enseñó un atajo.

De pronto la tierra se abría bajo los pies de uno y este caía por una grieta. ¿sería su fin? ¡No! milagrosamente reaparecía en otro punto. Avanzando unas veces y retrocediendo otras.

En el camino encontraban plantas o piedras, a veces junto a los símbolos astronómicos del octaedro grabados en el suelo. Y sentían si les eran afines y si debían recogerlos o no.

O encontraban otros tipo de signos, con los que sentían una íntima y profunda afinidad interior. Esto les confortaba y les alentaba a proseguir el camino.

Aquí y allí, encontraban animales o seres humanos, o semi-humanos que pedían ser reconocidos, o bien les hacían preguntas en forma de extraños acertijos o poemas.

Algunas veces, encontraban el grabado de un corazón en el suelo. Todo les daba vueltas, hasta que mágicamente aparecían sobre el siguiente grabado en el camino.

Pero no vayáis a creer, aquel corazón no era un corazón de piedra, sino uno verdadero, que palpitaba invisible a la misma altura del corazón del caminante.

¿Y sí el caminante acogiese este corazón en el suyo propio? Entonces y sólo entonces, él corazón le revelaría algún secreto, en forma de frases o imágenes.

Ya cerca del árbol, uno sintió crujir algo bajo sus pies. “¿Qué estaré pisando?” Se preguntó. ¡Una calavera! De pronto cayó en un extraño trance y vió dentro de sí imágenes terribles de cómo talaban el árbol, o cómo le extraían sus fluidos hasta dejarlo seco. Pasó mucho tiempo antes de que el árbol volviera a rebrotar para él y pudiera continuar su camino.

Otro en otro caso, aunque los demás no veía las llamas, sintió que ardía, y el árbol en él. Por temor a quemar el árbol, decidió regresar junto a los pequeños tejos y recomenzar su andadura. En otras ocasiones alguno de sus compañeros acudía para ayudarle a proseguir el camino.

Mientras, los demás seguían avanzando.

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El tejo y los doce duendes. (variante para cuatro)

Doce duendes, casi invisibles, hallábanse reunidos. Tres duendes eran de fuego, tres duendes eran de aire, tres duendes eran de agua y otros tres de tierra. Todos ellos emprendieron una carrera para alcanzar el corazón del tejo.

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app©-02-12/10/2016

Cajas exagonales y fichas antropomórficas

El tejo en el laberinto juego de mesa, accesorios:

Archivo PDF 1,48 Mb Din A4 color, caja exagonal para recortar y montar, con separador de tres compartimentos para contener los dos dados, ficha central y fichas redondas. Se recomienda papel estucado satinado 300 gr. y cinta de doble cara para montar.

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Archivo PDF 1,14 Mb Din A4 color, caja exagonal para recortar y montar, con separador de siete compartimentoses para contener las siete fichas antropomórficas verticales. Se recomienda papel estucado satinado 300 gr. y cinta de doble cara para montar.

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